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Por: Guillermo Pérez

 

Montecristi, RD.- Mientras el país tra­baja, des­cansa o duerme espacioso en toda la an­chura del espacio nacional, una legión de hombres ves­tidos de camuflaje y bien pertrechados hace de cen­tinela, día y noche, en el extremo lejano que marca el final del territorio domi­nicano.

 

Bastante lejos, pero allí co­rresponde estar a los solda­dos que protegen los 391 kilómetros, 654 metros y 46 centímetros de lindes fronterizos con Haití.

 

Estos son los hombres de armas más sacrificados y expuestos a riesgos, siem­pre resistiendo, como un armazón de concreto, las más rigurosas condiciones de vida en estos agrestes y remotos contornos.

 

Comprometidos con unas normas de disciplina in­violables, esos centinelas no sólo obedecen y cum­plen la misión que les enco­miendan sus mandos.

 

No se quejan de sus caren­cias, aunque sufren muchas vicisitudes y cumplen con lealtad al país.

 

Muchos se alejan de sus ho­gares y dejan sus familias a distancia. Mientras laboran sufren cansancio y sed, tie­nen que lidiar con ilegales, contrabandistas y ladrones, pero pesa tanto su discipli­na que no aspiran siquiera a una queja.

 

Esto es lo que implica su des­pliegue en un terreno ex­tenso y peligroso, aparte de los infortunios de sus movi­mientos constantes a través de un suelo físico abrupto y variable.

 

Son capaces de mantener resistencia y dominio del ambiente en estos espacios.

 

El fardo pesado que carga la fuerza militar desplegada en la frontera es ignorado por la mayoría de los dominicanos.

 

No son nada más que perso­nal uniformado, en postura erguida, armados, observan­do pasivos hacia la parte que fija los límites del país.

 

 

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