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Por: Inéz Aizpún. -En su artículo en el periódico Hoy, la historiadora y docente Mu-Kien Sang entona un mea culpa trascendental. Cuestiona, se cuestiona, el papel de las universidades que otorgaron el título de docentes a los profesores que no pudieron pasar las pruebas en el concurso celebrado (todavía a medias) para obtener una de las 19,000 plazas que el Minerd necesita cubrir.

Es el otro ángulo del problema. Los profesores no mejoran en los índices internacionales y se queman en las pruebas locales, pero obtienen el título de su licenciatura. ¿Qué hacemos con las universidades?

La primera reacción de algunos de sus rectores fue exigir bajar el baremo de entrada a los nuevos aspirantes a maestro. Les convenía, porque esos alumnos llegan con el pan debajo del brazo: el dinero de las becas del programa de excelencia de formación docente. Menos alumnos, menos dinero. Peores alumnos, más dinero.

Pero si las universidades gradúan profesores con deficiencias, los alumnos de las escuelas públicas (principalmente) tendrán peores profesores. El círculo de la mediocridad en el aprendizaje que parece imposible de romper.

¿Hay algo más clasista que destinar maestros con deficiencias a las grupos más vulnerables? ¿Cómo “vender” a los alumnos que la educación es la vía para mejorar su vida si conscientemente entregamos su educación a maestros que se queman en las pruebas?

Hemos llegado a un punto en el que se necesitan medidas más profundas que regalar miles de millones de pesos en computadoras. ¿Hay que replantearse con responsabilidad el 4%? ¿Limitar el poder de la ADP?

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