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Por: Inés Aizpún. -Hablar de Nicaragua o de Cuba suele a menudo terminar en recordar lo jóvenes y vibrantes que fueron aquellas revoluciones. O lo jóvenes y vibrantes que eran los que creyeron en aquellas revoluciones.

Es la nostalgia de una generación por lo que pudo haber sido la que ha permitido buena prensa a unas dictaduras con magníficas bandas sonoras. Pero dictaduras al fin y al cabo, tan duras como otras más repudiadas que ya han terminado o fueron más cortas.

El escritor español Jon Juaristi habla de la melancolía como “la añoranza de algo que no existió…”. La nostalgia por lo que nunca fue es más difícil de superar que la nostalgia por lo perdido. Esa última puede tener un punto final; la otra no.

Así, recordar a los sandinistas en la memoria del vigor de los veinte años y la búsqueda de la libertad es propiciar que los Ortega y las Murillo sigan encarcelando opositores, secuestrando periódicos y condenando a Nicaragua a un régimen que no respeta los derechos humanos y que además es absolutamente ineficiente en el terreno económico y social.

¿Habría durado la dictadura cubana tantas décadas sin esa pátina que le dio la nueva trova o la propaganda internacional que le hace todavía la izquierda europea más (o menos) despistada? Turistas que viven muy cómodamente con planes para su futuro y viajan a Cuba como quien visita un parque temático del pasado.

La nostalgia cuando cae sobre los demás es muy peligrosa. Es una maravillosa compañía para uno mismo, pero proyectada en los demás puede provocar terribles escenarios. Afecta la vida de los otros.

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