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Por: Patricia Arache

 

El terror y el miedo parecen consustanciales a los haitianos. Siempre han estado amenazados con la agresión, la violencia, el desamparo político, social y económico.

 

Sus luchas libertarias, que lo convierten en el primer país de Latinoamérica y en el segundo de todas las Américas, solo después de Estados Unidos (1776), en lograr la independencia, en enero del año 1804, no han servido para romper el histórico y funesto fardo de la opresión, la represión y la desesperanza.

 

Haití, vocablo que en lengua taína significa, “tierra montañosa”, con sus 27,750 km² de extensión territorial y la elevada densidad poblacional de 292,7 hab/km², es una de esas realidades socio-políticas, difíciles de comprender y que suelen inducir a las personas a preguntarse: ¿es posible tanta ignominia?

 

La historia de esa parte de la isla que compartimos con nuestros 48 mil km2 de extensión territorial, es dramática desde sus orígenes.

 

Natalia León Soler, historiadora perteneciente a la Universidad Externado de Colombia, en el ensayo titulado “La insurrección de los esclavos: la independencia de Haití, 1790-1804”, deja claro que esa nación arrastra consigo lo que, en religión y cultura se denomina como “pecado capital”.

 

Refiere que Jean Jacques Dessalines, considerado el padre de la nación, formó el primer gobierno y desde entonces, las confrontaciones políticas internas, las traiciones, muertes, y persecuciones no se han detenido.

 

Dessalines fue traicionado por Henri Christopher y Alexandre Petión, y brutalmente asesinado, el 17 de octubre del 1806, solo un año y nueve meses después de haber emancipado la patria y derrotar a los esclavistas.

 

Si este pasaje de la historia les parece conocido, sean ustedes bienvenidos a la confirmación de que la barbarie, la violencia, el asecho, la traición, la desunión, la corrupción y la incertidumbre han acompañado desde siempre a los haitianos.

 

El liberador y primer gobernante de Haití, Jean Jacques Dessalines, fue emboscado y asesinado, en Jacmel, cerca de Puerto Príncipe, hace casi 216 años.

 

Desde entonces, invasiones, dictaduras, golpes de Estado militares, hordas armadas, neumáticos encendidos (collarines) en el cuello de adversarios, descalificaciones, traiciones y ataques feroces de fenómenos naturales son el “pan nuestro de cada día” en la vecina nación.

 

El asesinato de otro presidente en Haití, que se produjo en pleno siglo XXI marcado por las tecnologías y la comunicación, sacudió a una comunidad internacional que, al parecer actúa solo como observadora frente a la profunda y devastadora crisis haitiana.

 

Jovenel Moise fue un exitoso empresario, que asumió el poder en el año 2017, en medio de una de las tantas crisis políticas e institucionales, por lo que apeló a la juventud “y a todos los haitianos que viven en el exterior, a todos los profesionales del país para que se comprometan a mi lado para poner al país de pie, porque Haití está de rodillas”.

 

A casi cinco años de esa proclama, grupos armados penetraron a su hogar, en el que se encontraba junto a su esposa y sus dos hijos, y allí, sin misericordia, fue masacrado y ultimado, el 7 de julio del pasado año 2021.

 

¿Alguien sabe de algún cambio positivo o favorable en el modus vivendi y en la zozobra cotidiana de los más de 11 millones de haitianos que aún permanecen allí? ¿O de la mejoría de los millones de esos ciudadanos que andan rodando por el mundo? ¡Pues, no!

 

Al contrario, los males se han incrementado para los que quedan allá y para los que están aquí, en República Dominicana, tenida por ellos, por razones obvias, como su mejor y más seguro refugio.

 

Ya no solo es corrupción administrativa, inoperancia política, atomización de la sociedad, hambruna, falta de educación, de salud, de techo, de amor, de sonrisas. Los que están fuera de su territorio tienen miedo de ir a su propio país: “las bandas no discriminan. Atacan a todos”, dicen.

 

También es la pérdida de la institucionalidad, la proliferación de los asaltos, los secuestros, la violencia generalizada; y lo peor… la ausencia, casi total de lo que muchos dicen que es “lo último que pierde la gente”: la esperanza. ¡Haití sucumbe!

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