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Por: Manolo Pichardo. – Siento una enor­me contrariedad cuando en noti­ciarios dirigidos por periodistas de dilatada carrera e indu­dable calidad profesional, se presentan segmentos (en radio, televisión o sec­ciones de periódicos) que llaman “Mundo del Arte”, “Arte en TV”, “El Arte en la Radio”, “Hablando de Ar­te”, “Arte y Medio”, “Tecla y Arte”, y un sin número de nombres que he visto a lo largo de mi vida, que sigo viendo, y que, a pe­sar de definirse como es­pacios destinados a las in­formaciones, debate o el entretenimiento sobre las artes, sirven al público un contenido anclado en his­torias de amoríos y escán­dalos de personajes de la televisión, el cine, la radio, las redes sociales (con los llamados “influencer”); y, como si quisieran o preten­dieran coquetear con el ar­te real, brindan al público grotescas propuestas “mu­sicales” que constituyen un verdadero atropello al pentagrama y un ultraje salvaje al idioma.

Se dedican a la promo­ción de acciones del bajo mundo (sin proponérse­lo, por completo descono­cimiento) protegido en el ruido de instrumentos mu­sicales maltratados y una “lirica” que se regodea en la estupidez, inflada y re­partida sin control y sin si­militud alguna con el da­daísmo (producto de la inteligencia rebelde que promovió el anti arte crea­dor del germen de otro ar­te) porque este nicho del cretinismo ha llegado co­mo consecuencia de la au­sencia del Estado; de ahí que la ignorancia penetra, crece, se reproduce, esca­la, contagia y le gana la batalla a la formación y al compromiso orientador de la comunicación profesio­nal que va cayendo en la banalidad por la búsque­da desesperada de la co­nexión con la sociedad del espectáculo, que pone más atención al decorado de la funeraria que al difunto, a la apariencia visual del plato que al valor nutricio­nal.

Los conceptos se distor­sionan y pierden, y las pa­labras entonces significan lo que cualquiera quiere que signifiquen, y la co­municación sucumbe en las jergas y su babel, pues ocurre que el arte ya no es la creación que persigue lo sublime en la expresión es­tética, ni la búsqueda de la belleza en su más alto ni­vel, ni el producto de la imaginación que eleva al creador a la categoría de semidiós. ¡No! Ahora es farándula, es chisme de pasarelas, es el ruido ru­dimentario que ni se aso­ma a una obra artesanal, es la bulla de ollas y mu­gidos ininteligibles de la falta de ejercicio escolar que crea vacíos y arro­ja al basurero el talen­to que debió orientar la instrucción, y que, ante la indiferencia triste del Estado, algunos medios de comunicación levan­tan con sus destacados titulares e incluso repeti­das primeras planas, en extraña complicidad con la descomposición; es el atropello al arte.

Pero esta gangrena no es de factura nacional, es ola global que va sepulta­do la decencia y el buen gusto, el ocio productivo y lo exquisito, para hacer emerger con fuerza lo fácil e insustancial, el mínimo esfuerzo intelectual y so­ciedades desorientadas y embrutecidas. Llaman ar­tistas a los que ni se rozan con el arte, porque lo que exponen es la negación ro­tunda y radical al arte; lo feo y lo grotesco.

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