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Por: Aníbal de Castro

Amigo entrañable, se parece tanto a mí que nacimos el mismo día, a la misma hora y hasta compartimos nombre. Diferimos en cómo interpretar la incivilidad que se advierte con preocupante frecuencia en el comportamiento de los dominicanos, razón de una acusación que por falsa rechazo con vehemencia.

Le explico que la luz roja del semáforo debe ser observada incluso en las madrugadas cuando el tránsito es mínimo. Que los escasos pasos de cebra en las vías indican que, una vez el peatón los pisa, el conductor debe detenerse y permitirle el paso. Sin tocar el claxon, claro está. Igualmente le he insistido en que la paciencia debe primar cuando, por una razón u otra, el vehículo delante no despega despavorido. Eso de instar a la marcha con bocinazos necios milésimas de segundos después de la luz verde resulta contraproducente y evidencia rudeza.

De igual manera, he fracasado en convencer a mi doble de mantener la calma cuando un motorista abusador golpea y tuerce el espejo retrovisor del carro. Hay que conducir a la defensiva, le digo, porque los motoristas son una especie salvaje a tono con la jungla en que han mutado las urbes dominicanas.

Sale de sus casillas cuando aprovecha el descanso dominical para airear la mente y generar nuevas ideas con un paseo matutino por el parque Mirador. En vez de silencio, la brisa fresca replica el ruido ensordecedor de uno y varios altoparlantes que desparraman música o invocaciones al Señor; y convierten lo que debería ser un remanso de paz en un infierno auditivo. Le explico que ciertamente la religión es un asunto privado, pero que hay quienes creen que el proselitismo importa más que el respeto al prójimo.

Son esas pequeñas cosas y otras más pero igualmente de poca monta, las que le han otorgado a mi otro yo el cuasi derecho a gritarme: ¡Buen pendejo!

 

 

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