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Por: José Mármol

 

En 2019 publiqué un artículo en esta columna titulado “Retrotopía o el progreso como tempestad”, a propósito del libro póstumo de Zygmunt Bauman (1925-2017) titulado “Retrotopía” (Paidós, 2017), que el filósofo y sociólogo polaco dedicó a Aleksandra, con estas palabras: “compañera de mi pensamiento y de mi vida”.

 

El delirio por la vuelta al pasado imperial ruso o el territorial soviético encarnado por Putin con la brutal invasión a Ucrania es típico del accionar retrotópico, ese que anhela recuperar un pasado perdido, pero que se resiste a morir, resucitando a Hobbes y suspirando, además, con retornar a la tribu y al seno ideológico materno: la KGB, en su caso.

 

Con la promesa de profundizar en el tema en otra entrega, retomo algunas ideas de aquel artículo centrado en Walter Benjamin (1892-1940) y su cuestionamiento a la modernidad y el progreso como si se tratase de procesos ascendentes e irreversibles, cargados de promesas utópicas para los individuos y la sociedad, que luego el futuro va a traducir en incumplimiento, incertidumbre, desconfianza y desigualdad.

 

Como base de su conceptualización, Bejamin utilizó la acuarela de 1920 de Paul Klee (1897-1940), titulada Angelus Novus, que él renombra como Ángel de la Historia, y que, luego de pasar por la custodia de G. Bataille y de T. Adorno, en medio de la Segunda Guerra Mundial, reposa hoy en el Museo de Israel.

 

Bauman utiliza la imagen del Angelus Novus de Klee para representar, apoyado en Walter Benjamin, la visión del presente y del futuro con el rostro colocado hacia atrás, es decir, hacia el pasado. Benjamin subraya, en su interpretación del cuadro, que donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, el ángel ve una catástrofe, un montón de escombros.

 

Sopla una tempestad que le impide batir o plegar sus alas. El vendaval empuja el ángel hacia el futuro, al cual da la espalda.

 

“Es el huracán que nosotros llamamos progreso”, acota. El futuro se figura como un infierno, mientras que el pasado se asume como paraíso. Con ello, el filósofo judío lastima la utopía futurista con que inició el siglo XX, que luego concluyó en una epidemia universal de nostalgia.

 

Pasamos de las utopías, como imposibles realizables, a las distopías, como realidades rechazables, como tiempos de tempestades.

 

Así, el futuro se nos ha tornado hoy vacío de esperanza, produciéndonos, más bien, espantos de pesadillas que nos colocan ante la ilusión de volver al pasado, asumiendo, como Jorge Manrique (1440-1479) a su hora, que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

 

Tememos al futuro porque el presente es, a su vez, incierto, fugaz, caprichoso, inseguro, bélico, carente de vínculos humanos significativos y lleno de seres solitarios e individualistas.

 

Ese miedo al porvenir nos torna atractivos, aunque probablemente equívocos, estadios del pasado, queriendo, en consecuencia, retornar a Hobbes (1588-1679) y su modelo leviatánico de Estado-nación salvador, providencial; a las tribus conformadas por identidades grupales fijas que tientan los nacionalismos; a la polaridad (creciente) entre ricos y pobres bajo el nuevo modelo de “gated community” o residenciales de lujo vigilados frente a barrios marginados; el deseo de retornar al tranquilo seno materno del que nunca debimos salir.

 

Esa es la órbita en que gira el libro póstumo de Bauman, para mostrarnos el abismo existente entre el sueño de Tomas Moro (1478-1535) en su “Utopía”, como instauración de un paraíso en la Tierra, y la cruda realidad del mundo actual y su miedo al futuro.

 

Las retrotopías son “negación de negación” de la ensoñación de Moro, deviniendo en mundos ideales que se ubican en un pasado perdido, robado, abandonado, pero, que se resiste a morir, antes que en un incierto e impredecible futuro por nacer.

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