Santo Domingo. – Hay que comprender al presidente Luis Rodolfo Abinader, pero también hay que decir la verdad Sin Cortapisa: gobernar no se trata solo de buenas intenciones, sino de saber escoger con precisión a quienes se colocan en posiciones clave del Estado, porque al final los errores de los funcionarios siempre los paga el Presidente.
Durante su gestión, el mandatario ha tenido que cargar con el peso político de funcionarios impopulares, deficientes o desconectados de la realidad social, como el ministro de Agricultura Limber Cruz, el exdirector de la OPRET, Rafael Santos, y el administrador del Banco Agrícola, Fernando Durán, entre otros. Cada uno, desde su ámbito de responsabilidad, ha contribuido —por acción u omisión— a erosionar la imagen de un gobierno que llegó prometiendo cambio, eficiencia y cercanía con la gente.
Cuando un funcionario falla, no se desgasta él solo; se desgasta todo el gobierno. Cuando un incumbente no escucha, no rinde resultados o actúa con torpeza política, el descontento ciudadano no se dirige a su despacho, sino directamente al Palacio Nacional. Esa es una realidad que ningún presidente puede ignorar.
El presidente Abinader ha tenido que pagar un precio político alto por sostener funcionarios que nunca lograron conectar con la población ni ofrecer respuestas claras a sectores estratégicos como la agricultura, el transporte masivo o el crédito agropecuario. En varios casos, las decisiones correctivas llegaron tarde, cuando el daño político ya estaba hecho.
Esta nota no busca desconocer los esfuerzos del presidente ni minimizar los retos heredados de gestiones anteriores. Busca advertir que el principal enemigo de un buen gobierno es un mal funcionario, y que la lealtad política o personal jamás puede estar por encima de la eficiencia, la sensibilidad social y los resultados concretos.
Si el gobierno aspira a preservar la confianza ciudadana y consolidar el legado del cambio, debe asumir que rectificar a tiempo no es debilidad, es liderazgo. Porque en política, como en la vida, quien mal acompaña, mal termina.
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