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La demócrata, Nancy Pelosi, la primera mujer en representar la Cámara de Representantes de Estados Unidos, expresó el jueves que abandonará su cargo tras 20 años como líder del Partido Demócrata en la cámara.

En un conmovedor discurso, Pelosi, de 82 años, indicó que mantendrá su escaño, pero que no se postulará para la reelección como líder demócrata.

Si bien los republicanos conquistaron la Cámara por un margen mucho más estrecho de lo que muchos habían previsto, sin embargo, ocuparán roles clave de liderazgo en la cámara. El actual líder de la minoría de la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy, republicano por California, es el principal candidato para convertirse en orador del próximo Congreso.

La hipótesis de una probable retirada, casi obligada además a sus 82 años, amenazaba con poner fin, por tanto, a su abultada hoja de servicios, en la que los críticos del ala progresista señalan un punto flaco: su escepticismo ante los dos procesos de impeachment (juicio político) a los que fue sometido Donald Trump, a los que ella se resistió por temor a consecuencias impredecibles.

Pelosi temía que este proceso abriera la caja de los truenos y se llevara por delante la menguante colaboración entre bancadas en un país cada vez más polarizado, más agresivo, un clima de violencia política al alza del que el ataque a su marido Paul es buena prueba, no la única.¿

No han sido años fáciles para ella al frente de la Cámara. En su primer mandato (2007-2011) por culpa de la Gran Recesión; en el segundo, desde enero de 2019, por los dos impeachment al republicano; el asalto al Capitolio por una horda trumpista el 6 de enero de 2021, y la investigación del comité especial sobre el ataque.

Según el libro Unchecked: The Untold Story Behind Congress’s Botched Impeachments of Donald Trump, de Rachael Bade y Karoun Demirjian, Pelosi se inhibió, con la correspondiente demora, en los impeachments no por considerar que el republicano no fuera merecedor de escrutinio, sino por temor a que el juicio “se convirtiera en un bumerán político que una vez lanzado no pudiera ser controlado”. “Temía que, al perseguir a Trump, pusiera en peligro la mayoría que tanto le había costado conseguir, e incluso podría dar a Trump un segundo mandato”, explican los autores en una reseña de su libro, publicado en octubre, en Politico.

Polémico papel en el ‘impeachment’ de Trump

Negro sobre blanco, las al menos 10 veces en que Trump incurrió en obstrucción a la justicia durante la investigación de la trama rusa, según el extenso informe del fiscal especial Robert Mueller en 2019, no bastaron para que Pelosi, tercera autoridad de una nación entonces bajo presidencia republicana, lo viera claro; tampoco la presión de sus correligionarios demócratas. Dar prioridad a la política sobre la investigación de los hechos —los relativos a la injerencia rusa en las elecciones que dieron la victoria a Trump en 2016— fue una decisión discutida, y a menudo poco comprendida, por los suyos.

Pelosi siempre ha dado pruebas de autonomía de criterio, como cuando el verano pasado, pese a las advertencias de la Casa Blanca —demócrata esta vez— viajó a Taiwán al frente de una delegación de congresistas, provocando una nueva crisis diplomática con Pekín; un gesto en el que algunos vieron el desgaire de quien ve ya próxima la salida. Pero su autonomía es también responsable de sus logros, según sus defensores. Abrió caminos de consenso en la política representativa, convirtiéndose en una de las más hábiles negociadoras del Partido Demócrata.

En su primer mandato como presidenta al frente de la Cámara, contribuyó a aprobar la subida del salario mínimo, impedir el colapso de Wall Street, ampliar un programa de seguro de salud infantil, el Obamacare y la revisión de la legislación de servicios financieros, con el país sumido en la Gran Recesión.

 

En su segundo mandato, el presidente Joe Biden le debe el consenso, forjado por los pasillos y los despachos del Capitolio, en torno a la ley de infraestructuras y al plan de ayudas para remediar el impacto de la covid. Probablemente, también, de un raro acuerdo bipartidista, tímido pero a la vez prometedor, de control de armas.

 

Formidable recaudadora de fondos, católica defensora del derecho a la libre elección en el caso del aborto, siempre de rigurosa mantilla negra en sus visitas al Vaticano; abiertamente contraria a la guerra de Irak, Pelosi es la firmeza personificada.

 

Para lo bueno, pero también para lo malo, según sus detractores, que vieron en sus reticencias a emprender un juicio político a Trump una merma de la capacidad del Congreso como contrapeso a los desmanes del republicano, esa supervisión en la que muchos depositaron la salud de la democracia cuando Trump fue elegido.

 

Nadie contaba con un fin de fiesta tan espeluznante como el asalto al Capitolio, instigado por Trump para impedir la proclamación como presidente de su rival Joe Biden, y que la propia Pelosi vivió en persona, como muestra el vídeo del fragor del ataque que se divulgó a mediados de octubre: la máxima autoridad in situ intentó que la institucionalidad no quedara abortada por la espiral de furia y odio trumpista.

 

Pelosi lo ha sido todo entre los demócratas: responsable del comité nacional, el puente de mando del partido; fontanera, baronesa y cajera, una máquina de conseguir donaciones en un país en el que suele ganar el candidato con más apoyo económico.

 

Cuando recuperó el mazo, en 2018, lo hizo con la vaga promesa de dejar el cargo a finales de 2022. Cuatro años después, ya hay nombres para relevarla en la bancada contraria, pero ninguno para asumir el mando de la nueva minoría demócrata de la Cámara.

 

“Ha demostrado más capacidad de organización y músculo, con márgenes realmente estrechos, de lo que hubiera creído imposible”, dijo de ella el año pasado el republicano Newt Gingrich, su frecuente antagonista. “Se podría decir que ha sido la presidenta [de la Cámara] más poderosa de la historia”.

 

 

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